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Una muestra del complejo carácter de Adriano: por un malévolo capricho,
por el puro gusto de la sin razón o por motivos que sólo él conocía, jamás
clarificó el lugar de su nacimiento, en el año 76 de nuestra Era. Algunas
fuentes lo sitúan en Roma; otras, en Itálica (cerca de Hispalis, la actual
Sevilla). Sí está claro que era de ascendencia hispana, que su padre fue
un Pretor llamado Aelius Afer y que su madre, Domitia Paulina, era hija de
una de las familias más ricas de Gades (Cádiz).
Cuando
el pequeño Publius Aelius Hadrianus (éste era su nombre completo) contaba
alrededor de diez años, su padre falleció. Un primo de éste, Trajano, pasó
a ser su tutor. Su educación transcurrió en Roma, salvo una breve estancia
de un año en Itálica, y muy pronto Trajano le conminó a enrolarse en el
ejército: la fórmula más fácil de escalar posiciones en la sociedad
romana. E1 primer peldaño para que aquel joven alcanzara algún día la
cúspide apareció en el año 97: el emperador Nerva adoptaba a Trajano justo
antes de morir y le nombraba su sucesor. Adriano accedió, por tanto, al
círculo imperial, una ligazón que se incrementó al desposarse, tres años
después, con Vibia Sabina, la sobrina del nuevo imperator.
Fue un
matrimonio por interés? Seguramente. Pese a que ambos mantuvieron el
enlace hasta su muerte, los cronistas hicieron manifiesta la total falta
de amor entre ambos. Lo que no está claro es si Adriano maquinó solo la
jugada o si se dejó llevar por los consejos de la que se alzaría como su
más firme protectora (y, según se rumoreaba, amante ocasional): Pompeya
Plotina, la esposa de Trajano.
Historiadores como Indro Montanelli preferirían la primera opción: "Nos
cuesta, lo confesamos, admitir que un episodio tan fausto como el
advenimiento del más grande emperador de la Antigüedad se debiera a una
coincidencia fútil y más bien sucia como el adulterio", escribió.
Nombramiento sospechoso
La
carrera militar y política de Adriano bajo el mandato de Trajano fue
silenciosa, pero siempre ascendente. Tribuno militar de las legiones,
cónsul a los 32 años (la edad mínima requerida) y, finalmente, legado de
la provincia de Siria. Ocupaba este último puesto el 9 de agosto de 117
cuando una noticia surcó el Imperio: Pompeya Plotina y el prefecto de los
pretorianos, Caelius Attianus, acababan de anunciar que Trajano,
gravemente enfermo, había adoptado a Adriano como hijo y, por tanto,
sucesor. Dos días después se hacía pública la noticia de la muerte del
Emperador. A nadie escapaba lo extraño de la situación.
¿Por
qué Trajano había esperado hasta último momento para adoptar a su sobrino
segundo, un hombre al que había conocido desde que éste era un chiquillo?
La
sospecha general lo atribuía a un oscuro plan urdido por Pompeya Plotina y
Caelius Attianus, que, por cierto, había sido también tutor de Adriano.
Trajano, según escribió un siglo después el historiador Dión Casio, murió
en realidad el 8 de agosto, sin hijos y sin nombrar heredero alguno. La
Emperatriz se habría encargado rápidamente de redactar aquel documento
(ella adujo que el Emperador estaba demasiado enfermo para esperado hasta
el último momento escribir) y, una vez anunciada y asegurada la sucesión,
se habría dado la noticia de la muerte de Trajano. Nunca se supo ni se
sabrá si Adriano estaba al tanto de aquellos supuestos enredos o si, una
vez más, fue sólo la voluntad de sus protectores la que le permitió
ascender otro peldaño, el definitivo en esta ocasión. El ejército le
aceptó de buen grado y, en aquellos tiempos, eso significaba que Adriano,
a sus 41 años, podía asumir sin problemas el título que eligió para sí:
"Imperator Caesar Traianus Hadrianus Augustus".
Un
gobierno pacífico ‑ E1 objetivo político de Adriano estuvo claro desde el
principio: La Paz. Roma era un imperio marcial por naturaleza, vivía por y
para la guerra. Sin embargo, aquella maquinaria que daba empleo a miles de
hombres y aportaba nuevas conquistas y suculentos botines ya no era
rentable: la economía del Imperio se hundía en un pozo sin fondo y las
últimas campañas de Trajano en Asia no habían hecho más que empeorar las
cosas.
Adriano detuvo en seco las guerras de expansión, abandonó los
problemáticos dominios asiáticos más allá del río Éufrates y firmó la paz
‑o incluso la compró‑ con varios de los pueblos limítrofes con el Imperio.
Sin embargo, no desarmó sus dominios: hizo fortificar las fronteras,
mantuvo a los soldados en continuas maniobras, reorganizó la estructura y
mejoró las instalaciones. Su estrategia era intimidar al enemigo sin
necesidad de entrar en gravosos combates.
La
visión de Adriano no era compartida por la totalidad de los capitostes
romanos, y mucho menos por aquellos que ya habían ocupado cargos de
importancia en la administración del belicoso Trajano.
Cuatro
de ellos fueron acusados de conspiración y ejecutados al poco de ascender
Adriano al poder. La reacción de éste fue insólita: juró públicamente que
nada tenía que ver con el asunto y que la orden había partido del Senado a
instancias de Caelius Attianus, lo que técnicamente era cierto (claro que
Attianus, obedeciera o no órdenes de Adriano, actuó en beneficio de éste:
otra vez la mano protectora despejaba el camino al nuevo emperador). Roma
quedó estupefacta. Muchos gobernantes antes que él
habían
estado detrás de auténticas carnicerías de conspiradores sin tener que dar
explicaciones: la idea que se tenía de los gobernantes era que se
encontraban por encima del bien y del mal. Al traspasar la culpa a otros,
además, Adriano se ganó un enemigo de por vida: el Senado.
Lo
cierto es que cuando se produjeron los asesinatos Adriano estaba en
Oriente. O, mejor dicho, no había pisado Roma una sola vez desde que
ascendió al poder (tardaría nueve meses). Su trato para con la ciudad
imperial y todo lo que representaba rayó en el desdén. Nunca se preocupó
gran cosa de anteponer a su nombre la ristra de cargos que los emperadores
iban engrosando a lo largo de sus mandatos. En palacio, sustituyó las
clásicas orgías por banquetes con charla intelectual. Siempre que pudo
estuvo ausente de Roma para tratar los asuntos de provincias (que le
inquietaron más que los capitalinos) sobre el terreno. Y en especial pasó
largas temporadas en Atenas, el lugar donde fue más homenajeado y al que
se sentía vinculado por su cultura, que le fascinaba.
Popular, pero insufrible.
E1
reinado de Adriano fue la cúspide de lo que Edward Gibbon, en su clásico
Historia del declive y la caída del Imperio romano, calificó como
"el período más feliz de la historia de la humanidad", que se extendió
desde Nerva hasta Marco Aurelio. Su gran virtud fue su olfato para las
decisiones prácticas, que tuvieran un impacto inmediato en el bienestar de
sus súbditos: expandió el programa de reparto de alimentos entre los
pobres (conocido como alimenta e instaurado por Trajano),
estableció que los intereses que los súbditos pagaban por los préstamos
recibidos del erario público sirvieran para el mantenimiento de los
huérfanos; se negó a aceptar herencias de personas que hubieran dejado una
familia que mantener (legar los bienes al Emperador era una costumbre
muy
enraizada); modificó la ley por la cual se confiscaban las propiedades de
los fugitivos y permitió que una parte se repartiera entre sus hijos;
prohibió que se desmantelaran casas para reutilizar los materiales en
otras ciudades; y desterró la práctica por la cual los amos podían
condenar a sus esclavos a muerte sin pasar por la corte de justicia.
Otra
de las características de sus reformas fue su obsesión por el orden: para
aligerar la burocracia estatal mandó quemar las escrituras de deudas
consideradas incobrables y, para dotar de coherencia a la administración
de justicia, ordenó compilar los edictos promulgados por pretores y
ediles.
La
cercanía que podía ganar con la popularidad de su política, sin embargo,
la perdía con su exagerada rigidez para con los festejos y su suficiencia
en el trato con funcionarios e intelectuales. "No gobernó buscando la
adulación",escribió Dión Casio.
Detestaba que los poderosos se enriquecieran injustamente, aunque él mismo
era proclive a regalar ingentes sumas de dinero; nunca atendía visitas los
días festivos por muy urgente que fuera el asunto; y, excepto para su
cumpleaños (el 24 de enero), no permitía que se celebraran juegos de circo
en su honor. Su perfección, por otra parte, resultaba irritante. Podía
aparecer en cualquier lugar sin previo aviso y despachar tranquilamente
los más variados asuntos, recordaba nombres, fechas y lugares con absoluta
precisión, se percataba de los más mínimos errores en los documentos...
Nadie
sabía cómo tratarle. "Era a la vez austero y afable, digno y juguetón,
reflexivo e impulsivo, tacaño y generoso, esquivo y directo, cruel y
piadoso." Así le definió a finales del siglo IV el historiador Aelius
Espartianus, quien concluía: "Y siempre, en cualquier aspecto, era
variable".
Una sola pasión.
Las
personas que más sufrieron el torbellino interior que parecía poseer a
Adriano fueron su esposa y los intelectuales de los que gustaba rodearse.
A Vibia Sabina la trató siempre con respeto y cordialidad, incluso la
llevó consigo en sus viajes, pero jamás le dio muestras de un íntimo
apasionamiento. Muchos matrimonios se concertaban por interés, pero los
desposados, con el paso del tiempo, urdían un entramado sucedáneo del
amor. Eso jamás sucedió con Adriano, y su esposa se vengó por ello:
decidió que aquel "monstruo" ‑como le llamaba‑ jamás tendría un heredero y
recurrió incluso al aborto para garantizarlo.
Las
verdaderas aficiones del Emperador en momentos de ocio parecían ser los
perros, los caballos, la caza y la charla con filósofos y poetas. Estos,
sin embargo, tenían que soportar otro de los ocultos recovecos de su
carácter: su vanidad y esnobismo. Disfrutaba desarmando dialécticamente a
sus contrincantes (dado que nadie osaba llevar la contraria a un
emperador, no encontraba demasiadas dificultades para ello) y le encantaba
dejar boquiabierta a su audiencia proclamando sus arcaicos gustos
literarios. Era un enamorado de la cultura griega, pero renegaba de Homero
y Platón y encontraba poco interesantes algunas de las glorias latinas,
como Cicerón o Virgilio.
Dos de
los más grandes historiadores romanos, Tácito y Suetonio, fueron coetáneos
de Adriano, aunque no gozaron de su favor. El segundo incluso fue
despedido del cargo de secretario de la Emperatriz por irrespetuoso.
Erudito en numerosas disciplinas, un magnífico orador, tocaba la flauta y
componía poemas de amor. Pero el auténtico amor parece ausente en su vida.
O quizás estuvo presente en una ocasión. Un capítulo aparte en la vida de
Adriano lo conforma Antinoo, el adolescente griego que apareció
silenciosamente en la vida del Emperador cuando éste rozaba la
cincuentena. Accedió a la corte por razones desconocidas, pero pronto se
convirtió en aun alumno?, el hijo que el Emperador nunca tuvo?, ¿un
amante? Nunca se ha sabido con certidumbre la verdadera naturaleza de la
relación. No sería extraño que se tratara de una mezcla de todas, al más
puro estilo de los efebos griegos, aunque la de amante es la opción con
más predicamento. De hecho, de todos los emperadores ‑a excepción de
Claudio‑ circularon habladurías sobre sus relaciones con personas de ambos
sexos.
De lo
que dejaron constancia los historiadores romanos es del impacto que causó
en Adriano la muerte de Antinoo, ahogado en las aguas del Nilo cuando
apenas tenía 20 años. El gobernante fue la mofa del Imperio por sus
exageradas muestras de dolor, por la deificación de Antinoo, por las
incontables estatuas del bello adolescente que mandó esculpir y por las
ciudades que ordenó proyectar y rebautizar en su honor (una de ellas,
Antinoopolis, se fundó en el lugar donde falleció).
La
cuestión sucesoria.
De
vuelta a Roma tras la muerte de Antinoo y una revuelta sofocada en Judea,
el carácter de Adriano dio un giro radical: se agudizaron su cinismo e
intransigencia. Contaba ya 60 años, estaba enfermo y había perdido el
ímpetu de antaño para su trabajo. Sin embargo, tenía que afrontar una de
las mayores decisiones de su vida: designar un he redero. El primer
elegido fue un senador (del que se murmuraba que también era su amante)
llamado Lucius Commodus, famoso por su belleza, frivolidad y gustos
lujosos. La popularidad de Adriano, pese a los logros de su carrera, cayó
en picado por aquella in sensata decisión. En cualquier caso, el he
redero falleció antes que él a causa de una enfermedad. El segundo
candidato fue otro senador, Antonino Pío, que fue mejor recibido y, a la
postre, se demostró un magnífico emperador.
Adriano moría el 10 de julio de 138 en Baiae, en la bahía de Nápoles. Sus
últimos días transcurrieron entre lamentos, tanto por los fuertes dolores
que le aquejaban como por la frustración de no encontrar quien le
administrara una dosis de veneno o una estocada letal. E1 hombre más
poderoso del Imperio, aquel que podía quitar la vida de cualquiera de sus
súbditos, no tuvo fuerzas o coraje para acabar con la suya de manera
fulminante. El Senado, su enemigo desde los inicios, se aferró a la
impopularidad de los últimos tiempos e inició un proceso para condenar su
recuerdo Antonino Pío consiguió detener el proceso y lograr la justa
deificación del emperador más lúcido, aunque inusual, que había conocido
Roma.
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