Hay ocasiones en que las rarezas físicas propias del
Triángulo llegan a afectar
hasta las mismas Azores, por el Este. También, a veces extiende su
influencia hacia el Oeste, más allá de Cuba. Pero, en general, el área del Triángulo
aparece delimitada por el torbellino lento y gigantesco que es la
Corriente del Golfo, un río poderoso que se mueve cruzando el
mar a una velocidad de alrededor de 6 kilómetros por hora. En la
latitud 15 norte confluyen las corrientes del Atlántico Sur con las del
Noreste, y avanzan rodeando el Mar de los Sargazos, hacia el Poniente. Poco al Sur de Puerto Rico, una gran rama se
desvía hacia el Norte, lame las costas orientales de Cuba y Florida
y cobra rumbo noreste hacia las Bermudas, reuniéndose
con el curso principal que llega desde la olla caliente que es el
Golfo de México. Frente a las Bermudas, nuevamente se desprende un
brazo de aquel río, que cobra curso
Suroeste hasta alcanzar la latitud 30 Norte. Allí se desvía al
Sureste, para recomenzar el remolino. Dentro de esos límites, en un período de 26
años desde el término de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, hasta
1975, han desaparecido más de mil personas: se han esfumado como si un
prestidigitador las hubiese escamoteado. Más de un centenar de barcos y aviones han
desaparecido en ese lapso de igual manera, en medio de una atmósfera
transparente. De estas desapariciones no se ha podido
recobrar ni un solo cadáver, ni un despojo, ni siquiera un fragmento
de los barcos o de los aviones desaparecidos. Por cierto que nos estamos refiriendo únicamente
a las desapariciones real y completamente inexplicables. Han habido, además, en esa zona centenares
de otros naufragios y pérdidas de aviones que podrían tener una
explicación por causas naturales aunque éstas resulten alambicadas y
llenas de una cantidad excesiva de coincidencias. Y desde luego no se
toman en cuenta tampoco las tragedias más evidentemente naturales por
accidentes o producidas durante borrascas o huracanes. Aquí nos
referimos sólo a las desapariciones que simplemente no tienen explicación
posibles Y que en algunas ocasiones, como en el célebre caso de la
escuadrilla de modernos cazabombarderos Avenger llamado "El Vuelo
19" alcanzó ribetes alucinantes de horror y desconcierto.
Los Estados Unidos habían ratificado
su condición de primera potencia absoluta en el planeta, y la sombra de
la guerra parecía haberse disipado en un cielo tan puro corno el que se
abría ante sus cabezas: azul transparente, con escasa nubosidad alta.
Una temperatura de 18 grados Celsius soportaba muy bien la brisa liviana
del Sureste cuya velocidad no sobrepasaba los 10 nudos. La visibilidad
era excelente, el horizonte se marcaba con la precisión de un filo de
bisturí. A las 12:35, concluyendo los cafés de
sobremesa, se comentaba sobre el curioso percance de desorientación que
esa mañana le había ocurrido a una escuadrilla de instrucción. De
manera inexplicable, les había sido imposible atinar el rumbo de
regreso a la base de Fort Lauderdale, y habían tenido que utilizar un
campo de alternativa 80 kilómetros más al norte. ¡Lástima, una calificación mala para el
Teniente Instructor! No puede ser que un jefe de grupo, veterano en
misiones difíciles de combate real, a menudo en tiempo borrascoso,
viniera a desorientarse de ese modo aquí, en una mañana luminosa y sin
ninguna clase de presiones contra su misión de entrenamiento. Sin embargo, había ahí dos aviadores que no
se sentían de buen humor. Uno era Allan Kosnar, veterano y valiente
piloto fogueado en Guadalcanal, tripulando aviones mucho menos seguros
que los modernos Grumman TBM3 "Avenger". El otro era el
teniente Charles Taylor, jefe de la escuadrilla de instrucción, también
un veterano de muchas acciones arduas y complejas; con una experiencia
de 2.500 horas de vuelo en misión. Ninguno de los dos estaba seguro de por qué
sentían una aversión especial a salir aquella tarde al ejercicio de
bombardeo naval previsto. Del teniente Taylor hay constancia de que a
las 13.15 horas, es decir 45 minutos antes del comienzo del vuelo,
presentó una solicitud para no participar en él. Como no daba razones
válidas sino simplemente una suerte de "antojo", la solicitud
le fue denegada. El otro, Allan Kosnar, no cumplió con el
Reglamento. Como estaba a pocas semanas de su retiro de la Aviación
Naval, optó por "hacer la cimarra". No se presentó. El informe meteorológico de la base fue
positivo: buen tiempo, visibilidad óptima, sin variaciones en las próximas
horas. Los mecánicos echaban la ojeada final a los flamantes aparatos. A las 14:00 los cinco motores comenzaron a
ronronear. Cada piloto conocía el sonido de su motor como uno conoce
los ruiditos del automóvil. Los instrumentos verifican el
funcionamiento de los servomecanismos y sistemas hidráulicos. De los
sistemas eléctricos. De los aparatos de comunicación y de navegación. La normalidad familiar de cada sonido, de
cada lectura de instrumentos, debe haber tranquilizado el malhumor del
propio Charles Taylor, pues se le oyó bromear por el radiotransmisor
que estaba permanentemente conectado con la torre de control de la base.
Nivel de combustible, lectura de tacómetro, temperaturas, presión del
aceite... A las 14.10 horas la escuadrilla despegó de
acuerdo al plan de la misión; debían volar 300 kilómetros hacía el
Este, hacer un ataque con torpedos contra un pontónblanco. Luego de una
serie de maniobras de combate, una maniobra de fuga que los llevaría 75
kilómetros hacia el Norte. Finalmente el regreso a la base de Port
Lauderdale. El total de la misión equivalía, contando los ejercicios
de combate, a unos novecientos kilómetros de vuelo. La autonomía de
combustible de los Avenger era de 1.800 kilómetros. Disponían, pues,
de un ciento por ciento de tolerancia en cuanto a consumo de
combustible. Por otra, parte, todos sabían que en un vuelo de crucero,
volar en un Grumman TBM-3 resultaba lejos más seguro que ir en auto por
una buena carretera. A las 15:15, faltando sólo 45 minutos para
el término de la misión del "Vuelo 19", cumplidas ya las
tareas de combate, la Torre de Control de Fort Lauderdale esperaba la
comunicación rutinaria sobre la hora de llegada de la escuadrilla.
Recibieron en cambio una llamada sorprendente, era la voz del Teniente
Charles Taylor. Sonaba tensa, desconcertada, pero sin trazas de pánico. -FT-28
a Torre de Control. FT-28 a Torre de Control... Esta es una
emergencia... FT-28 a Torre de Control, ésta es una emergencia., Verificado el contacto por radio, el Teniente
Charles Taylor continuó: ...Parece que hemos perdido el rumbo. No
podemos ver tierra. Repito... no podemos ver tierra. -¿Cuál es su posición? -No estamos seguros de nuestra
posición. No podemos estar seguros acerca de dónde estamos. Parece que -Tome el rumbo debido. Recto hacia el
Oeste... -No
sabemos en qué dirección está el Oeste. La voz de Teniente Taylor comenzaba,
paulatinamente, a dejar traslucir un enervamiento mayor. -Todo
anda mal. Es extraño... No podemos estar seguros de ninguna dirección...
Ni siquiera el Océano tiene un aspecto normal. La Base de Fort Lauderdale estableció por
radio contacto con las demás bases de la costa sudoriental de los
Estados Unidos, hasta la Base Langley, en Maryland, incluyendo la gran
base de Cape Hatteras, solicitando información meteorológica o
referente a cualquier fenómeno que pudiera inducir a la desorientación
de los pilotos. El buen tiempo "una tarde magnífica para
volar" cubría toda el área. Otros vuelos de instrucción se cumplían
sin contratiempos, y vuelos de rutina, tanto militares como comerciales,
se estaban efectuando sin novedad en zonas muy próximas a aquella donde
supuestamente debía encontrarse la escuadrilla en estado de emergencia. Mientras tanto, por cierto que la frecuencia
de radio destinada a emergencias se mantenía libre y abierta en forma
continuada. Tanto los aviadores como los hombres de mar
han aprendido, por una amarga experiencia de dolor y muerte, la
importancia de cumplir rigurosamente las disposiciones de seguridad. Un
piloto necesita solamente ocho segundos para proporcionar a quienquiera
que lo escuche la información precisa para que lo puedan encontrar y
socorrer. Por el Canal de Emergencias, el hombre dirá, primero un número
de 6 cifras, que corresponderá a su latitud con un margen de error de
no más de cien metros. Un segundo número de seis cifras indicará su
longitud con igual precisión. Un tercer número de tres cifras indicará
la dirección en que se desplaza. Y finalmente indicará su velocidad.
Esto, acompañado de la palabra MAYDAY, pone instantáneamente en
movimiento todo un gigantesco aparato de auxilio que en un plazo mínimo
se encontrará en el lugar señalado. En este caso, los números que el
Teniente Charles Taylor debería haber dicho son los siguientes,
aproximadamente: "MAYDAY... MAYDAY..:38-43-15... 68-12-46..curso
185... 240 nudos. MAYDAY, MAYDAY". El tendría la certeza de que ningún
radiotransmisor estaría interfiriendo su llamada de auxilio, pues esa
frecuencia es casi sagrada para marinos y aviadores. Dadas las distancias a las bases costeras, la
escuadrilla habría debido recibir auxilio en menos de veinte minutos. Y
ciertamente que eso lo sabían muy bien, no sólo Taylor, sino cada uno
de los ocho tripulantes que lo acompañaban en la misión. Sabían también
que esos excelentes aviones podían amarizar de emergencia sin sufrir
grave daño personal. Los Avenger estaban estudiados para operar sobre
el mar, y tenían una flotación garantizada de 90 segundos: En
numerosos entrenamientos anteriores todos ellos habían comprobado que
podían evacuar sus aviones, en caso de siniestro, en sólo 60 segundos.
Por último, cada TBM-3 llevaba en la cola una balsa salvavidas que se
desprendería inflada en cuanto el aparato se posara sobre el mar. ¿Por qué, entonces, ni el Teniente Charles
Taylor ni ninguno de los demás pilotos transmitió el mensaje salvador? La desorientación debe haber sido extrema.
Deben haberse visto imposibilitados para establecer contacto con sus
goniómetros hacia las radio-balizas de la zona, abundantes y seguras
como los faros. Cuando un comandante avezado llega a reconocer que no
está seguro de su posición, ni de su rumbo; es poque han fallado sus
instrumentos y ni siquiera puede encontrar el sol. Y de ello, lo más significativo es que
hallan fallado los compases giroscópicos. A diferencia del compás magnético,
que es muy sensible a cualquiera interferencia de magnetismo, el
girocompás se basa en un principio inercial del giroscópico, que
indica hacia el Norte como la brújula, pero no al Norte magnético sino
el Norte verdadero, al Norte geográfico. Y la hace así por la sencilla
razón de que la Tierra gira hacia el Este. La única manera de que un girocompás deje
de indicar con toda exactitud hacia el Norte, sería interrumpir la
energía eléctrica que lo hace girar. Y la energía eléctrica no se había
interrumpido, pues los motores seguían funcionando lo mismo que el
radiotransceptor. En Fort Lauderdale la alarma cundía con la
perplejidad. La recepción radial se veía cada vez más
interferida por ruidos de cargas estáticas intensísimas. Pero aún se
lograba receptar a ratos las transmisiones de los Avenger. Sin embargo,
resultaba evidente que los aparatos ya no lograban recibir las
transmisiones de la Base. ¿Qué misterio era ese? Lo normal, lo lógico, es que el avión
reciba bien las transmisiones de tierra, cuya fuente es mucho más
poderosa y dotada de antenas de alta eficiencia. Si la base lograba
recibir las transmisiones de la escuadrilla, con mayor razón la
escuadrilla debería estar recibiendo las transmisiones de la base. Y sólo habían pasado I5 minutos desde la
primera llamada del Teniente Taylor, cuya sigla, como Jefe de Vuelo, era
FT-28. A las 15.30 en Fort Lauderdale lograron
recibir y grabar, como todo el resto de las transmisiones, el mensaje de
uno de los aviones hacia otro, cuyo piloto era un joven alumno de nombre
Powers, pidiéndole información sobre las indicaciones de su compás.
Powers le respondió: -No
sé dónde estamos... Debemos habernos perdido cuando hicimos aquel último
giro. La voz del Teniente Taylor reapareció en
medio del bullicio de la estática, tratando de comunicarse con el Capitán
Stivers, instructor del Vuelo 19, pidiéndole también información a
base de los girocompases de éste. La respuesta de Stivers fue tajante: -Los
instrumentos míos están locos. El altímetro no funciona. La mira
parece desenfocada... Mis dos compases han dejado de funcionar...
Procuren seguírme visualmente. Estoy tratando de hallar Fort
Lauderdale... Estoy seguro de que nos hallamos sobre los Cayos, pero no
sé a qué altura...". Otra voz en los transceptores de radio
aconsejó volar rumbo Norte, tratando de guiarse por el sol. La voz que le respondió puede haber sido la
de Powers, que acotaba: -Pero si nada es normal... ¡ni el sol es
normal ahora! El muchacho si denotaba ya un verdadero miedo
que, no obstante, lograba someter a fuerza de disciplina. Nuevamente el Capitán Stívers: "Acabamos
de pasar sobre una pequeña isla. No sé cuál pueda ser. No hay más
tierra a la vista". ¿Es que estaban descubriendo islas donde no
las hay?... En todo caso quedaba claro que no estaban sobre los Cayos y
la escuadrilla completa habíase extraviado de verdad, puesto que no
distinguían tierra. A las 16 horas, los fragmentos captados
mostraban desorientación completa. Ni siquiera sabían de cuánto
combustible disponían. Ignoraban la hora. Cada girocompás indicaba un
Norte diferente. Con voz ya muy alterada, se oyó a
Stivers: -Mayday
no sabemos dónde nos hallamos. Creemos estar a unas doscientas
veinticinco millas al Oeste de la Base. Debemos haber pasado sobre
Florida y encontrarnos sobre el Golfo. Intentaremos un cambio de rumbo
de 180 grados para no alejarnos en exceso. A partir de ese momento las transmisiones
fueron debilitándose rápidamente. Algunos fragmentos deshilvanados
pero inquietantemente significativos pudieron todavía captarse a
intervalos. Parece que estamos entrando en
agua blanca... Completamente perdidos. Mayday... Mayday... respondan. A las 16.05 se hizo contacto con un nuevo avión,
un poderoso anfibio Martin-Marinen bimotor, con 10 tripulantes,
preparado para amarízar y efectuar eficientemente cualquier misión de
rescate en mar abierto. El potente aparato informó que, a 1.800 metros
de altura, había fuertes vientos. Fue el último mensaje que transmitió el avión
de rescate. Sé había sumado a la lista de la inexplicable desaparición.
Si nos extendimos bastante ha sido para que
usted pueda apreciar lo extremadamente irracional de la desaparición de
6 aeronaves de guerra perfectamente equipadas para la supervivencia ante
desastres naturales. Uno de los portavoces oficiales de la Comisión
Investigadora formada por el Pentágono para examinar este hecho, que
fue un escándalo para la Seguridad Nacional de los Estados Unidos, hubo
de reconocer en conferencia de prensa: "Esta pérdida... se presenta como un misterio
completo. Es el misterio más extraño que jamás ha investigado la
Aviación Naval". Otros miembros de la Comisión fueron
igualmente cautelosos en sus declaraciones, aunque debieron admítir
el fracaso de las pesquisas: Capitán W.K, Wingard: "Los miembros de
la Comisión no hemos podido ni siquiera llegar a formular alguna
suposición aceptable acerca de lo ocurrido". Uno de los participantes, comandante de la
Guardia Costera de la Marina de U.S.A., admitió con lúgubre
sinceridad: ¡No tenemos ni la menor idea sobre qué
demonios ocurre allí!. Y no era para menos. Conociendo la ruta a
seguir por la escuadrilla,
el área de búsqueda era relativamente limitada. Se la recorrió palmo
a palmo y de hecho no se descuidó ni siquiera recoger fragmentos de
basura tan pequeños como un guante de hule, un envase vacío de
refresco y una camisa de mujer. Y nada de lo encontrado pertenecía a
los seis aviones y diecinueve aviadores desaparecidos. Las playas fueron
revisadas minuciosamente con igual resultado. En esa región de aguas claras y tibias,
entre las islas más lindas del planeta, había ocurrido lo que un indio
piel roja del Norte calificó como "la medicina mala de
Wendigo", refiriéndose al demonio legendario que se roba seres
humanos y trineos, llevándoselos por los aires, volviéndolos
invisibles, aunque los aterrorizados testigos puedan oír todavía sus
voces de espanto que extrañamente se van volviendo delirantes, como si
les embargara una euforia. Como las últimas transmisiones del Teniente
Taylor, captadas en Florida y guardadas en secreto durante más de
veinte años hasta ser reveladas por el periodista Artie Ford: "¡No vengan a buscarnos!...
¡No vengan a buscarnos!... Nos están llevando... exterior...". Y la transmisión se perdió dejando una sensación desoladora de
lejanía. Como es natural, semejante misterio y el
fracaso oficial por encontrar una explicación, desencadenaron diversas
reacciones. Por lo pronto, el nombre Triángulo de las Bermudas pasó a
ser conocido en todo el mundo. Y sin embargo, un año antes, ya se había
producido allí otra desaparición inexplicable. Esta desaparición tuvo algunos caracteres
especiales, según la refirió el Comandante Richard Stern, quien
gobernaba uno de los siete grandes bombarderos pesados que el 19 de
diciembre de 1944 volaba hacia Italia. El oficial relató que, a unos
quinientos kilómetros al Oeste de las Azores, durante un vuelo nocturno
con tiempo sereno y cielo despejado, su bombardero fue súbitamente
atrapado por una especie de turbulencia de terrible poder, con tanta
violencia que hizo que la enorme aeronave diera una voltereta, en la
que la tripulación salió disparada hacia el techo. Luego fue
succionado hacia abajo, y sólo acelerando al máximo los cuatro
motores, Stern logró
estabilizar su bombardero a punto de El relato del Comandante Richard Stern señala
taxativamente que el misterioso fenómeno de "turbulencia"
se produjo sin transición alguna del más plácido vuelo a la
vorágine incontrolable, como si una mano invisible se hubiera apoderado
del avión. Igualmente, en cuanto estabilizo el aparato, el fenómeno
desapareció, mostrando que se producía en un área muy pequeña y
desconectada del resto del aire nocturno. Enfatizó que en ningún momento hubo otro signo de mal tiempo, y que ese tipo
de turbulencia no correspondía a ninguna otra que él
hubiera experimentado antes o estuviera descrita en los textos de
meteorología. Como el hecho sucedió en tiempos de guerra,
no se le dio publicidad alguna. Pero es la primera referencia a fenómenos
por completo anormales. Stern describió a aquella
"turbulencia" como "algo equivalente a lo que
debe sentir una mosca atrapada en una
aspiradora", y opinó
que a él le había parecido que se trataba de algo
artificial, por completo distinto de las más extrañas
corrientes naturales del viento. Esta opinión del Comandante Stern ha sido
corroborada posteriormente en forma oficial por la Marina de
los Estados Unidos, particularmente ahora que se dispone de los
satélites de observación meteorológica capaces
de detectar hasta las raíces mismas donde la tromba, el
tornado o el huracán se forman a partir de las simples
corrientes de aire de distinta presión y temperatura. El Capitán S.W. Humphrey expresa: "No se cree que exista una aberración
atmosférica en esta zona, ni que haya existido en el pasado. Los vuelos
de escuadrillas de aviones y los patrullajes aéreos se realizan con
regularidad en esta región sin que se hayan producido incidentes". El Cap. Humphrey confirma perfectamente lo
detectable: no hay ninguna razón atmosférica. No hay causa natural
alguna. Incluso, permanentemente, centenares de aviones y embarcaciones
grandes y pequeñas cruzan la zona del Triángulo sin que "ocurran
incidentes". Los "incidentes", cuando ocurren,
son por completo antinaturales.
Ante lo ántinatural queda el campo abierto
para la imaginación y las fantasías más descabelladas. Con
frecuencia, la ignorancia de observadores aficionados les lleva a sacar
conclusiones absurdas y sostener teorías antojadizas. Incluso hubo
quien sostuvo que las algas del Mar de los Sargazos serían los restos
de las florestas de la Atlántida ¡adaptados a la supervivencia en un
medio marino! Necedades semejantes ciertamente provocan el
rechazo de los observadores serios y dejan la sensación de que se ha
hecho de un asunto grave e inquietante una torpe acumulación de
supersticiones. Hay quienes buscan monstruos marinos en el
origen de las desapariciones. Ictiosaurios o plesiosaurios tragándose
barcos y aviones. Pero donde más confluyen las opiniones es en
el campo de la perdida Atlántida y de los Ovnis, de estas suposiciones podemos decir que al menos presentan
una serie de concordancias con los signos que se ha logrado recolectar
en torno a las desapariciones y el destrozamíento de naves. Lo que estas últimas personas ignoran es que
la frecuencia con que suceden estos fenómenos inexplicables es tal que,
de tratarse en verdad de puras coincidencias, estaríamos frente a un
misterio todavía peor: el misterio de que en el Triángulo de las
Bermudas las matemáticas dejarían de funcionar como tales. La
repetición, cinco veces seguidas, de una combinación de factores
casuales de sólo mil elementos (algo muy pequeño cuando se trata de
fenómenos como éstos) sólo podría darse en una proporción de uno en
mil billones. En otras palabras, entre una coincidencia así y la
siguiente, deberían pasar unos 7 mil 500 millones de años. ¡Y la vida
en nuestro planeta sólo tiene 3.500 millones de años! Así, pues, la teoría de que se trata de
coincidencias viene a resultar más irracional y atrabiliaria, más
imposible que suponer que son los antiguos atlantes que sobreviven en el
fondo del mar y que están haciendo trucos sucios con máquinas de
tecnología súper avanzada. Muchos de los observadores más dedicados y
mejor preparados coinciden en señalar que podrían producirse allí
aberraciones ocasionales de tipo magnético suficientemente intensas
como para alterar la conducta de las ondas hertzianas y de la misma luz,
sin contar los efectos en materias mucho más densas como el aire y el
agua... o los objetos sólidos de un aparato: Lo que estos observadores no explican es la
aparente ausencia de efectos de tales fuerzas magnéticas en el organismo
humano. Las aguas del cuerpo humano deberían alterarse en forma
equivalente a las del océano; si
hay variaciones en su tensión superficial, el efecto orgánico
sería muy intenso y seguramente podría provocar la muerte de los sujetos
sometidos a ellas. Lo mismo
ocurriría si hay interferencias eléctricas que alteraran la
conductibilidad y la polaridad de la electricidad dinámica. Un
cambio en la conductibilidad de las sinapsís del
sistema nervioso central provocaría parálisis y eventualmente
muerte inmediata. Hasta ahora no ha habido una
investigación de los fenómenos biológicos que pudieran
relacionarse con los misterios del Triángulo de las Bermudas. Pero debe reconocerse, en apoyo de los
atlantes, los ovnis y las
grandes energías electromagnéticas, que hay
numerosos antecedentes que relacionan el Triángulo de
las Bermudas con esos temas novelescos. El geólogo alemán Otto Mucke, en su obra
"La Atlántida"
aporta pruebas científicamente consistentes
en el sentido de que la célebre isla del Timeo platónico habríase
situado en torno de las Azores, islas que corresponderían a las más
altas cumbres del sector nororiente
del subcontinente perdido. Pero sin importar mucho si aquella
inmensa isla del Atlántico, que se hundió hace
unos quince mil años, fue o no la Atlántida, el hecho
mismo de tal catástrofe tuvo enorme
importancia para el futuro de la humanidad. La teoría de Otto Mucke consiste en que un
objeto venido del espacio
exterior golpeó la superficie terrestre con suficiente masa y velocidad
como para atravesar el océano, el fondo marino y los estratos sólidos
inferiores abriendo un cráter que alcanzaba hasta el magma de materia
fundida en el corazón del planeta. Por dicho cráter chisgueteó hacia
afuera un aterrador chorro de lava de gran presión, liberando una energía
superior a la de diez mil bombas de hidrógeno, que levantó una columna
de humo y vapor de agua hasta la estratósfera. Esas aguas vaporizadas,
siguiendo la rotación de la Tierra, habrían originado, al enfriarse,
el Diluvio Universal. Asimismo, la lluvia de cenizas sobre el Atlántico
habría cubierto vastas zonas del océano con masas de
piedra pómez flotante, cuya aglomeración habría dado
origen a las misteriosas "Islas Flotantes" mencionadas
en tantas crónicas de navegantes antiguos. La última
Isla Flotante fue descrita en el S. XVI, y corresponde al término
de la lenta restauración de la piedra pómez con agua de mar y su
rehundímíento al cabo de unos quince
mil años. Pero el efecto directo en la geografía fue
el abollamiento del subsuelo oceánico, formando fisuras y grandes
hundimientos. La plataforma continental americana muestra señas claras de hundimiento por la parte oriental
y su correspondiente levantamiento por la parte occidental. Las altas
y recientes cordilleras americanas, los
Andes, muestran evidencias. de haber emergido desde el nivel del mar. Asimismo, la suave pendiente del fondo
marino en el Atlántico indicaría él hundimiento que seguiría la "abolladura" en la zona comprendida entre
las Bermudas y las Azores. La desgracia de los Atlantes es que la parte
abollada era precisamente
la plataforma en que su Isla reposaba. Aquel objeto del espació exterior halló la
forma de aniquilar la Atlántida, si es que era ella, sin provocar
polución radiactiva. El Triángulo de las Bermudas, así como la
Corriente del Golfo que entibia las costas de Europa, el Mar de los
Sargazos y las misteriosas ruinas sumergidas, de antigüedad
inconmensurable halladas en la zona, vendrían a
ser efectos secundarios del hundimiento de la isla y del impacto
de aquel poderoso objeto llegado del espacio exterior.
Fuera de los testimonios arrojados por las
transmisioness del Vuelo 19 y por el Comandante Richard Stern, hay
otros testimonios que permiten acumular datos para describir mejor qué
es lo que pasa, cómo se presentan las anormalidades. El 7 de Julio de 1964, la piloto comercial
norteamericana Carolyn Cascio transportaba a un pasajero desde Nassau
hacia la isla Gran Turco. El vuelo se efectuó sin novedad hasta que
llegó el momento de aterrizar. En la Torre de Control recibieron la
llamada de la joven piloto: "No puedo encontrar la ruta. Algo
extraño ha comenzado a ocurrir. Sé que debo estar ahora mismo sobre
Gran Turco, pero me encuentro por completo desorientada. Estoy dando
vueltas por encima de dos islas que no conozco, y allí debiera estar
Gran Turco. No hay nada en esas dos islas. Ni nada donde poder
aterrizar". La muchacha mostraba gran presencia de ánimo,
pero había realmente. ansiedad en su voz cuando preguntó con cierto
dejo de esperanza infantil: "¿Hay alguna manera de salir de aquí?". Numerosos observadores de Gran Turco
testificaron que en esos momentos vieron un avión que daba vueltas y más
vueltas, vacilante, por encima de la isla y sus hermosas
construcciones. Súbitamente el avión dejó de verse u oírse. Carolyn
Cascio, su pasajero y su avión, desaparecieron en la nada. Jamás se
encontró rastro alguno. En noviembre del mismo año, Chuck Wakeley,
piloto de la Sunline aiviation, de Miami, tuvo la siguiente experiencia:
"Me encontraba a 2.500 metros de altura, a unos 90 kilómetros de
Andros, volando rumba a Nassau. Mientras me acercaba a las Bimini comencé
a notar algo desusado, una especie de resplandor muy débil sobre las
alas... las alas parecían transparentes y de un color verde pálido,
azulenco, cuando en verdad eran blancas. Durante unos cinco minutos el
resplandor fue haciéndose más intenso, tanto que me encandilaba y me
costaba ver los instrumentos. El compás magnético comenzó a dar
vueltas. Los instrumentos todos comenzaron a comportarse en forma
absurda. De pronto el piloto automático pareció dar un brinco haciendo
que el avión diera un violento giro a la derecha. Tuve que
desconectarlo...". El hombre describe en detalle la conducta de
sus instrumentos que parecen "enloquecidos". Agrega:
"pronto el avión entero resplandecía con luz emitida por el mismo
avión. Ahora las alas brillaban fuertemente con su color azul-verdoso y
además parecían cubiertas de un vello resplandeciente". Según la descripción del piloto, su salvación
se debió a que no trató de maniobrar. Desconectado el piloto automático,
se fijó una recta y dejó que el avión volara. Al cabo de 15 minutos
el brillo disminuyó hasta desaparecer. Entonces todos los instrumentos
volvieron a la normalidad y pudo concluir su viaje sin novedad. Completa su informe diciendo que son muchos
los pilotos que han tenido experiencias semejantes, pero que nadie
quiere hablar de ellas. "No es fácil hallar un buen trabajo de
piloto comercial, ¿sabe? Uno no quiere arriesgarse a perder el
empleo". Queda para el usted sintetizar los síntomas
descritos por aquellas personas que estuvieron en una u otra etapa del
proceso de "desaparición" o el de "destrucción".
Cabe agregar que en el caso de un CM con 36 personas a bordo, que
llegaba a Miami el 27 de diciembre a las 04.45 horas, se comunicó
alegremente con el Aeropuerto de Miami, anunciando su aterrizaje en diez
minutos. Amanecer límpido, por la radio se oían los villancicos con
que los pasajeros saludaban un nuevo día. El piloto volvió a establecer
contacto diciendo que ya se veían las luces de Miami y se aprestaba a
aterrizar. Terminó la alegre comunicación. El aparato desapareció en
la nada, a la vista de cientos de personas. Testigos que han participado en los rescates han coincidido en referirse a "extrañas luces" en
el mar, y a "grandes formas oscuras" bajo la superficie. También
ha habido coincidencia en señalar que se suele escuchar una especie de
trueno, a pesar de que el cielo esté por completo despejado. Hay cuatro testimonios de "grandes bolas
de fuego lejanas". Es decir, en aquellas ocasiones en que se
producen las desapariciones misteriosas, en toda el área y muchas horas
después de producido el percance, siguen advirtiéndose fenómenos
anormales. ¿Será que las súbitas aberraciones, de
corta duración, que con aterradora frecuencia se producen en el Triángulo
de las Bermudas están dando signos de que allí hay un pliegue, una
brecha entre nuestro universo y otro coexistente? Algunos creen eso. Hace ya tiempo que los físicos modernos están
estudiando los conceptos de "espacio", y no se desdeña en
absoluto la posibilidad de que el nuestro no sea el único
"espacio" posible. Que nuestro espacio comparta una o más
dimensiones con otros espacios que contienen sus respectivos universos.
Y al compartir algunos elementos, podrían producirse aperturas
impensadas. Aperturas casuales o provocadas por la inteligencia de seres
tecnológicamente muy avanzados. Los Ovnis podrían quizás venir por esas
brechas y no de otros planetas de nuestro mismo espacio exterior. O quizás
los Ovnis, o muchos de los fenómenos que consideramos como
"ovnis", sean el efecto de turbulencias y alteraciones de la
materia y la energía al traspasar de uno a otro espacio. No queremos caer en la tentación de proponer soluciones al Enigma. Buscar en él, pensar en él, es un desafío a la inteligencia y a la curiosidad, y a la ciencia. |