|
Si
unos años antes de la Revolución Francesa, el químico francés
Antonio de Lavoisier exclamó indignado, al referirse a los meteoritos,
que «las piedras no caen jamás del cielo», ¿cuál habría sido su reacción
de haber escuchado decir que también otra clase de objetos se desploma
sobre la Tierra con relativa frecuencia, inanimados o vivos? Sin embargo,
aceptado ya que los meteoritos de todos los tamaños, incluso convertidos
en polvo, representan un aumento anual de varios miles de toneladas al
peso de nuestro planeta, es bueno saber que los testimonios sobre las
lluvias de objetos han sido mucho más abundantes de lo que pudiera
suponerse. |
|
Fueron objetos de muy diversa índoleLa
noche del martes 5 de junio de 1979, una familia veía un programa de
televisión en su casa de Calgary, Canadá. Oyeron de repente un crujido
en el techo y se abrió éste para dar paso a una enorme masa de hielo
verduzco que fue a estrellarse en la sala. Randy Hutton, periodista del
Calgary Herald, investigó en el aeropuerto. Ningún avión había
dejado caer el agua del depósito, y aunque lo hubiera hecho ‑cosa
que sucede a veces, por comodidad‑, se habría evaporado antes de
alcanzar el suelo. Después de todo, estaban en pleno verano. Poco
más tarde iba a suceder algo semejante en Lake Worth, Florida, en casa
de la señora Helen Goddard. Hubo también el consabido crujido en el
techo, como si algo hubiera caído encima, y lo mismo sucedió en los
dos siguientes días. Ala señora se le ocurrió igualmente asomarse por
la ventana y vio su jardín lleno de cubitos de hielo de una pulgada de
lado. Habló por teléfono al periódico Palm Beach Post para informar
de lo sucedido. Llegó un reportero y tuvo ocasión de ver cómo se
repetía, el día 11 de septiembre, la lluvia de hielitos. Después de
aquella fecha, se acabaron. La señora lo tomó con admirable filosofía.
El domingo 11 de septiembre de 1949 amaneció despejado y caluroso
en el condado de Stephe, Texas. Tres buenos amigos, médicos de profesión,
Robert Botts, John Tupton y T. J. Treadwell, decidieron ir a cazar al
cercano bosque. Se encontraban a orillas de un arroyo, acechando a la
presa, cuando oyeron un silbido agudo, seguido de un choque. A cinco
metros de donde se encontraban vieron un bloque de hielo, de unos 20
kilogramos, profundamente hundido en el suelo. Se aproximaron a él y
comprobaron que tenía un color blanco lechoso. Los tres, segundos
antes, habían oído un trueno, a pesar de ser un día despejado, pero no
le concedieron ninguna importancia. Comprobaron
más tarde que ningún avión pasó por el lugar, que hubiera podido
tirar el hielo al espacio. El Dr. Tupton, un hombre profundamente
religioso, que llevaba su Biblia a todas partes, la abrió en el
Apocalipsis de San Juan, versículo 21 del capítulo XVI, y leyó el
siguiente texto: «Y cayó del cielo sobre los hombres un enorme
granizo, y los hombres blasfemaron, porque la plaga fue grande.» Edward
Latham, de profesión pastor de ovejas en un lugar del Somerset inglés,
fue despertado la noche del 10 de noviembre de 1950 por los ladridos
furiosos de sus perros. Salió de la cabaña, pero no vio nada
sospechoso. Regresó a dormir. Por la mañana fue a ver a las ovejas.
Encontró una muerta, con un profundo tajo en el cuello, y al lado un
bloque de hielo de 7 kilogramos. Bajó al pueblo cargándolo y presentó
una denuncia. Por el camino encontró otros pedazos de hielo, grandes
como un melón. La denuncia pasó a manos del Ministerio del Aire, que
prometió realizar una investigación. La cosa no paso de ahí. Dos
semanas más tarde sucedió algo peor cerca de Londres, en una hermosa
noche estrellada. Esta vez el hielo pesaba 200 kilogramos y atravesó el
techo de un garage, en Wadsworth, y dejó destrozado el automóvil que
no habían podido terminar de arreglar. Nadie supo explicar el misterio
de lo que en un principio se pensó que fue una bomba. En
la última semana de agosto de 1983 cayeron tres enormes bloques de
hielo, también en Inglaterra, que de milagro no mataron a nadie. Uno
abrió un enorme boquete en el techo de un taller, en Hitchin. El
segundo cayó a muy corta distancia de una niña de tres años que
jugaba en el jardín de su casa, en Ampthill. El tercero, el más pequeño
de todos, cuyo tamaño era el de una bolsa de viaje, fue a dar a otro
jardín, en Bushey, cuando jugaban en él dos niños. Las autoridades de
Aviación Civil dieron la misma explicación de otras veces: debía
tratarse del agua del lavabo de un avión, que se heló a los pocos
segundos de tirarla fuera. Se
dará un último ejemplo de bomba de hielo-las hay de otro estilo, como
no tardará en comprobar el lector- con la que cayó el 9 de abril de
1971, que a punto estuvo de conducir a la locura a Severa Medrano, quien
vivía en el puerto de Tampico, en el Golfo de México. Dormía
apaciblemente cuando fue despertada por un espantoso es truendo en su
alcoba. Vio entonces el techo abierto por un orificio a través del cual
entraba la luz de la Luna. Junto a su cama había un bloque de hielo de
más de 50 kilogramos. Era
un caso tan poco normal en Tampico, ciudad cálida por excelencia, que
la población entera se interesó en la pobre viuda de Díaz. Las
autoridades realizaron una investigación exhaustiva, que no condujo a
nada. No sólo de hielo han sido las bombas La
Monthly Weather Review de marzo de 1885 informó sobre unas misteriosas
detonaciones venidas del cielo, que fueron seguidas por la caída de un
objeto de varias toneladas de peso. Y a mediados de 1922 cayó una
lluvia de rocas - en ninguno de los dos casos se dijo dónde sucedió-,
que duró nada menos que 9 meses. La policía creyó que alguien amigo
de hacer bromas utilizó una catapulta, pero un maestro declaró que las
piedras eran demasiado pesadas para lanzarlas desde lejos. La
tarde del 27 de abril de 1872 cayeron piedras y otros proyectiles sobre
una casa de la Reverdy Road, en Bermondsey, Inglaterra. Rompieron las
ventanas e hirieron a varias personas. Y lo mismo sucedió, en junio de
1860, en Wolverhampton, después de una violenta tormenta. Desde luego,
no eran bloques de hielo, sino auténticos pedruscos, como los que
cayeron el 6 de julio de 1888 sobre Palestine, Texas. Pero en este caso,
las piedras estaban asombrosamente pulidas. Ejemplos
de este género de lluvia los hay por centenares y no se darán más, de
casos similares, porque sería hacer la lista larga y tediosa. Pero se
dará a conocer solamente uno más, porque sus consecuencias iban a
resultar sumamente divertidas. Sucedió en noviembre de 1921 en el
pueblo californiano de Chico. Nadie prestó entonces la menor atención
al hecho de que hubieran caído piedras del cielo. Y cuando a alguien se
le ocurrió informar al sheriff J. A. Peck, exclamó irritado que no
fueran a importunarlo con tonterías. Sin embargo, tuvo que rectificar
al llegar la primavera siguiente. La
lluvia de piedras creció en intensidad a partir del 22 de marzo. Se
organizaron batidas para descubrir a la persona autora del lanzamiento
de piedras, que caían con especial tino sobre el almacén de J. W.
Charge. Varios policías se apostaron en puntos estratégicos. Las
piedras siguieron cayendo, golpeando las ventanas y quebrando los
vidrios. Curiosamente, jamás lastimaron a nadie. La Asociación
Espiritista de Chico celebró una reunión para consultar con el más
allá sobre la identidad de quien tiraba las piedras. Se informó
entonces que ninguna mano humana lo había hecho y que los espíritus
anunciaron el cese de actividades para dos días después. La
prensa dio a conocer lo sucedido. En efecto, se acabó la lluvia de
proyectiles, pero comenzó en el otro extremo del continente, en un
pueblo de Nueva Escocia llamado Antagonish, donde una niña declaró que
veía espíritus cuando lanzaban las piedras. Dio comienzo una curiosa
rivalidad entre los dos pueblos y se ofreció una recompensa para quien
atrapara al espíritu culpable. Era lógico que llegaran al lugar
cientos de curiosos a observar el fenómeno, porque las piedras volvían
a caer en Chico. Algunos vecinos estaban seguros de que llegaban desde
el planeta Marte. Aunque parezca difícil de creer, no era la primera
vez que sucedía esto en Chico. Hubo
una lluvia de peces en este lugar en 1878 y cayó un enorme meteorito en
1885, y así consta en los periódicos de la época. Resultó tan
curiosa la lluvia de 1921 que se presentaron expertos parapsicologos a
estudiar el fenómeno. Pero se interrumpió la lluvia en su presencia.
Un pastor evangelista de Oakland, Roy Studd, declaró entonces que todo
era obra de Satanás, y que lo único que podían hacer los vecinos de
Chico era arrepentirse de sus pecados y rezar. La iglesia evangélica se
vio entonces muy concurrida. Todos querían rezar por la pronta partida
de Satanás pero el muy maldito hizo caso omiso y siguió tirando
piedras sobre la población. A
fines de marzo, el sheriff Peck recibió una carta firmada por alguien
que se hacía llamar el Fantasma. Decía que agradecía las muchas
atenciones que con él tuvieron todos, pero se veía obligado a
abandonar Chico. Fuera o no una broma, cesó la lluvia de piedras. Se
quiso dar explicaciones de todo género al fenómeno, entre ellas que
algunos muchachos idearon un dispositivo para tirar las piedras con
fuerza, pero es interesante observar que las piedras no procedían de la
localidad, sino de un lugar lejano, además de que no describían una
parábola, sino que llegaban del campo, siguiendo una trayectoria
perfectamente horizontal. Lluvia de objetos de verdad increíblesEl
3 de septiembre de 1969 cayeron del cielo numerosas pelotas de golf
sobre Punta Gorda, Florida, y estuvieron rebotando por las calles. El
teniente Clarence Walter, de la policía local, investigó en el Club de
Golf. Nada obtuvo en claro, fuera de enterarse de que también llovieron
pelotas de golf en diversos puntos de la región. Esta curiosa lluvia no
se compara con otra que cayó, en julio de 1984, en el jardín de una
casa de Lakewood, California. Sólo cayó un objeto, de 10 kilogramos de
peso, lanzando un agudo silbido, y fue a abrir un cráter de 1,20 metros
de profundidad en el jardín de la casa de Fred Simmons. Se creyó que
lo habían dejado caer desde un avión, pero no fue así. El objeto era
un cohete que fue lanzado al espacio después de la II Guerra Mundial. Cómo
tardó tantos años en alcanzar el suelo, fue este fenómeno un misterio
que nadie supo explicar. Siendo
las 6 de la mañana del 11 de julio de 1979, un ruido ensordecedor
despertó a los vecinos de Sioux Falls, Dakota del Sur. Creyeron que se
trataba de los restos de un satélite artificial caído a tierra.
Estaban en un error. Era una bola de color naranja, de 8 kilogramos,
semejante a las que sirven para jugar a los bolos. El objeto no procedía
de ningún satélite artificial ni de ningún avión. Unos
niños que jugaban en el rancho Hislop, en Grove City, Ohio, acababan de
abandonar la casa, el 4 de marzo de 1983, cuando cayó del cielo un
objeto. Era un pedazo de bronce con incrustaciones de carbono, de kilo y
medio de peso y 15 centímetros. Los muchachos fueron a tocarlo. Estaba
quemando. También en este caso se confirmó que ningún avión lo había
dejado caer. El
21 de octubre de 1638, una fuerte tormenta estalló sobre la aldea
inglesa de Widecombe-in-the-Moor, en el Devon, y una bola de fuego
penetró en la iglesia. Destrozó el campanario y gran parte del
edificio y causó heridas a 62 personas y la muerte de 4. Dicen las crónicas
de la época que se extendió por el templo una espantosa fetidez que
hizo pensar en la intervención del mismo Satanás. Muchos años antes
de que esto sucediera, el 15 de octubre de 1090, el campanario de una
iglesia de Winchcomb, Gloucestershire, fue golpeado por una bola de
fuego que abrió en el muro un orificio grande como un hombre. Destrozó
la cabeza y la pierna derecha de un Cristo crucificado. Siguió a esto
una espantosa pestilencia, y así lo dejó escrito el historiador
William de Malmesbury en sus Crónicas de los reyes de Inglaterra. No
siempre han provocado las bolas de fuego destrucción y pestilencia. En
1907, una de ellas logró imponer la paz en Nicaragua. El general Pablo
Castellanos luchaba por apoderarse del país. Todo le sonreía. Ganaba
victoria tras victoria al frente de sus valientes soldados. Era cosa de
días entrar en Managua, la capital. La noche antes de la batalla
definitiva pasó revista a sus tropas y se retiró a descansar. Pero, de
repente, se iluminó la noche, como si fuera pleno día. Una bola de
fuego cayó desde el cielo sobre la tienda del militar. Pereció el
general Castellanos y sus soldados decidieron que, no estando Dios de su
lado, mejor sería deponer las armas. Vino a averiguarse que la bola de
fuego fue en realidad un meteorito, del que aparecieron fragmentos en
torno al cráter que formó en la precisa tienda de don Pablo. Lo más increíble: lluvia de ranas y saposHacia
la mitad de la década de los 80 estuvo cayendo, a lo largo de 4 años,
granos de maíz sobre la población de Evans, Colorado. Sin embargo,
nadie cultiva esta gramínea en los alrededores y el depósito de granos
más cercano se encuentra a 10 kilómetros. El 15 de septiembre de 1986
fue vista la misma lluvia por periodistas del Greely Tribune, en una
población cercana. Una lluvia semejante había tenido lugar el 26 de
agosto del mismo año cerca de Winchester, Inglaterra. Una
lluvia de granos de maíz puede considerarse insólita, pero ¿qué
decir cuando son sapos, ranas y hasta peces lo que cae del cielo? La
tarde del 31 de marzo de 1977, la señora Benbow se encontraba comiendo
en compañía de su familia, en un pequeño pueblo del estado de Ohio,
cuando se desató un fuerte chubasco. Al terminar, salieron todos a dar
un paseo hasta el río. De regreso a su casa encontraron el patio
trasero lleno de sapitos grandes como una uña, que nadie supo decir de
dónde habían llegado. La única explicación posible era que cayeron
del cielo, puesto que el patio estaba rodeado por una tapia que hacía
imposible el paso a los batracios. Lo curioso era que la misma señora
Benbow había hecho un hallazgo idéntico, 50 años antes, en Long Lake,
Indiana, después de un fuerte aguacero. En
los primeros días de julio de 1979, la agencia soviética Tass de
noticias informó que una tormenta dejó caer miles de ranas sobre el
poblado de Dargan-Ata a orillas del río Amu Daria, que vierte sus aguas
en el mar de Aral. La ciencia explicó el fenómeno: un remolino había
succionado toda clase de objetos y animales de pequeño tamaño y los
llevó hasta una nube. Cuando se calmó el remolino, todo cayó, junto
con el agua, en un lugar distante. ¿Fue
un fenómeno semejante a éste el descrito en el Éxodo bíblico,
presentado como una más de las muchas plagas que se abatieron sobre los
egipcios? Explica el texto que el río crió ranas, que entraron a todas
las casas y subieron a las camas y a las mesas, y cubrieron toda la
tierra de Egipto, hasta el palacio del faraón. Pero sucedió que los
sacerdotes del faraón no se quedaron atrás: hicieron aparecer más
ranas, se ignora de dónde, porque debían haberse acabado, y se produjo
un empate entre egipcios y hebreos. Los lectores de antaño aceptaron
sin chistar este milagro. Los de ahora, algo escépticos al ser dueños
de mayor información, se preguntan si no hubo de por medio algo más
que la simple magia. Y buscan la manera de conocer más casos de lluvia
de ranas. El
ya citado Charles Fort publicó en su libro una noticia aparecida en
1838 en la revista inglesa Notes and Queeries, donde se reproducía la
carta que cierto profesor Pontus escribió al científico francés
Fransois Arago. Decía que el 30 de julio cayeron del cielo ranas sobre
la ciudad de Londres, después de una violenta tormenta. Es decir, en
pleno verano. El 4 de julio de 1883 y también en la estación
veraniega, el London Times anunciaba a sus lectores que, después de un
chubasco sucedido en la región de los Apeninos, llovieron sapos de
todos los tamaños. ¿De dónde procedían las ranas inglesas y los
sapos italianos? Jamás supo contestar nadie a esta pregunta
inquietante. Tampoco
hubo explicación para la lluvia conjunta de ranas y sapos que cayó el
30 de junio de 1892 cerca de Birmingham, Inglaterra. Los campesinos
atribuyeron el milagro a una malvada tromba que succionó a los
batracios en algún lugar lejano y los condujo por el espacio para
depositarlos finalmente en el lugar que pudo ser contemplado por tantos
espectadores. Nadie supo explicar por qué la tromba actuó con un espíritu
tan selectivo, puesto que se llevó únicamente ranas y sapos y se olvidó
de otros animales más livianos. De acuerdo con el Times de Londres del
23 de septiembre de 1973, la noche anterior cayó una lluvia de sapos
sobre el pueblo de Brignoles, en el sur de Francia. Y el Daily News del
5 de septiembre de 1922 había informado que, por espacio de dos días,
cayeron también sapos sobre Chalon-surSaóne. El 24 de octubre de 1683
habían caído también sapos en Bicking Hall, Norfolk, tantos que
entraron en las casas. Los antiguos cronistas mencionaron estas lluvias,
que los dejaron maravillados, desde Plinio hasta Ateneus, y lo mismo
sucedió durante la Edad Media. Pero las observaciones de fenómenos
crecerían en número a partir del siglo XIX. Hay informes sobre lluvias de otros seres
Echaron toneladas de DDT -¡ah, si el faraón hubiera contado con tan
estupendo recurso!- y se acabaron los grillos. La
explicación de lo sucedido fue como sigue: los grillos constituían el
casi único alimento de unos enormes sapos que eran cazados para
fabricar con su piel bolsos, cinturones y correas, artículos que eran
exportados a Estados Unidos. Cada uno de los sapos devoraba cada noche
no menos de 300 ninfas de grillo. A1 disminuir el número de sapos, se
rompió el equilibrio ecológico y se extendieron los grillos por la
región, hasta estabilizarse finalmente su crecimiento. En
la India había sucedido algo semejante, pero no fue con sapos como en
Brasil, sino con ranas. Este país exportaba anualmente 70 millones de
ranas comestibles, pero la exagerada explotación de la Rana esculenta
condujo a un grave problema: proliferaron los insectos que constituían
su alimento y se convirtieron en amenaza para los cultivos. Pero también
peces y otros increíbles seres han llegado volando por el espacio para
sumir en la perplejidad a los sabios. Uno
de éstos, el naturalista francés conde de Castelnau describió la
violenta tormenta que se abatió en febrero de 1861 sobre la ciudad de
Singapore, que arrastró una enorme cantidad de bagres de buen tamaño.
Pero cuando le preguntaron las causas de una lluvia tan insólita, desvió
la conversación. En cambio, el alemán Alexander von Humboldt optó
antes por la solución más sencilla: negó las lluvias vivas. Y en su
Historia de gentibus, aparecida en 1555, Olaus Magnus reseñó la lluvia
de peces, ranas y otros seres, casi todos vivos. Sólo en contadas
ocasiones, los animales estaban muertos desde hacía varios días. Y
hablando de peces, se dirá que Ron Langston, vecino de East Ham,
suburbio londinense, se sentó una noche de mayo de 1984 para ver la
televisión. Oyó un ruido extraño en el tejado de su casa, pero no
sintió deseos de averiguar qué lo producía. Era más interesante el
partido de fútbol. La mañana siguiente descubrió en el tejado y el
jardín una docena de lenguados. Y en la cercana Canning Town cayeron
del cielo 40 peces. El siguiente aparecieron numerosos peces marinos en
Tlairsk, pueblo del Yorkshire situado a 45 kilómetros del mar. Pero lo
más raro sucedió en Dilhome, 80 kilómetros al sureste del estuario
del río Dee, en Inglaterra, donde llovieron conchas originarias nada
menos que de Filipinas. Puesto
que siente el autor de esta obra gran interés en ofrecer al lector un
panorama extenso de esta clase de lluvias, citará algunos casos más,
de verdad increíbles, en los que relatará las fuentes en que halló
los datos. Dirá así lo que informó el Buffalo Sunday Courier del 13
de enero de 1878: unos días antes cayó sobre Lockport, en el estado de
Nueva York, una lluvia de lombrices, después de una nevada copiosa.
Eran miles las lombrices y desaparecieron a los pocos minutos.
Seguramente, se metieron bajo tierra, porque seguían con vida. El
New York Times del 2 de septiembre de 1878 informó sobre la lluvia de
peces que cayó en Chico, California, en un día claro. Arthur Porter,
que vivía en Lismore Showgronds, suburbio de Sydney, en Australia,
descubrió el jueves 31 de enero de 1973 que la víspera llovieron unos
200 peces sobre su casa, largos de 15 centímetros. Estaban aún con
vida unos y golpeados otros, como si hubieran caído desde muy alto. Más
extraordinario sería lo sucedido el 10 de enero de 1877 en Memphis,
Tennessee, que mereció una nota de la revista Scientific American del
siguiente mes. Cayeron del cielo miles de serpientes cuya longitud
oscilaba entre los 30 y los 45 centímetros. Charles Fort declaró que
solamente supo de cuatro casos semejantes, frente a los 294 conocidos de
ranas y peces. Por fortuna, las serpientes de Memphis no eran venenosas. En
1578 cayeron pequeños ratones de color amarillo sobre Bergen, Noruega,
y lo mismo sucedió el siguiente año. La Monthly Weather Review del 4
de julio de 1953 dio a conocer el caso de la tortuga envuelta en hielo
que cayó del cielo sobre Bovington, en el estado de Massachusetts. En
1896, el Philadelphia Times informó sobre la caída de miles de pájaros
en las calles de Baton Rouge, capital del estado de Luisiana. Si
hubieran pertenecido a una misma especie podría pensarse que eran aves
emigrando, pero el grupo estaba formado por patos, canarios. pájaros
carpinteros y aves exóticas de extraño plumaje |