La
elegida como esposa fue la princesa francesa María Luisa de Orléans,
sobrina de Luis XIV. Las nupcias se celebraron en Fontainebleau en
agosto de 1679, ambos tenían 17 años y, al parecer, el rey se había
enamorado locamente de su prometida nada más ver su retrato.
Lo cierto
es que a pesar de su amor y de su apasionado carácter, un año después de
su boda la reina seguía tan virgen como el primer día. Nadie se atrevía
a hablarle al rey de su incapacidad, por lo que para todos fue más fácil
culpar a Mª Luisa de esterilidad. La pobre reina, en su deseo de
agradar, se sometió a todo tipo de tratamientos y bebió todos los
brebajes que la prepararon, lo que fue minando poco a poco su salud
hasta que falleció, tras una larga agonía, a los 27 años, probablemente
envenenada.
Cuando
conoció la muerte de su esposa, Carlos II corrió gritando por todo el
palacio; pero, pocos días después, el Consejo de Estado le instaba a
buscar una nueva esposa, ¡había que conseguir el ansiado heredero! .
Esta vez la elegida fue la princesa Mariana de Neoburgo. Las mujeres de
la familia Neoburgo tenían fama de ser muy prolíficas.
Pero, con
la excepción del rey, todos, tanto en la corte española como en las
europeas, sabían que sería prácticamente imposible que engendrara un
hijo. Era nuevamente el momento de tomar posiciones para garantizarse el
futuro. Todos los miembros de la corte y el gobierno, incluidas las dos
reinas –la consorte y la madre-, intrigaban y conspiraban, ya fuera en
favor o en contra de alguno de los futuros candidatos al trono, es decir
Felipe de Francia, Duque de Anjou, nieto de Luis XIV y María Teresa, la
hermana mayor de Carlos II y el Archiduque Carlos de Austria, nieto del
emperador Fernando III y la infanta María, tía carnal del monarca
español.
Para
complicarlo todo más, la nueva reina, consciente de su situación y con
intención de controlar la voluntad del monarca, se dedicaba a anunciar
falsos embarazos, que la permitían disfrutar de una posición más fuerte
en la corte.
El
Hechizamiento del Rey y su Exorcismo
En este
contexto se desató el célebre asunto del hechizamiento del rey, uno de
los más tristes y patéticos de la historia de la monarquía española, el
cual fue orquestado por el cardenal Portocarrero, antiguo virrey de
Sicilia, arzobispo de Toledo y consejero de estado de Carlos II.
Desde el
inicio de su reinado corrían por la corte rumores sobre un encantamiento
del rey, la falta de descendencia tras dos matrimonios, sus
padecimientos físicos y depresiones, hicieron que el propio Carlos
terminará por creerse que estaba poseído por espíritus malignos, que le
impedían tener hijos. En 1698 el asunto superó los muros palaciegos y se
hizo de dominio público.
El rey
estaba dispuesto a prestar oídos a los consejos más absurdos sobre lo
que debía hacer en el lecho, y fuera de él, para concebir. Uno de los
más macabros fue el de celebrar una ceremonia, frente a los despojos de
todos sus antepasados (aprovechando que estaban siendo trasladados al
Escorial), para invocarlos y que le ayudaran a espantar a los demonios
que tantas desgracias estaban trayendo al Reino. Increíblemente, la
macabra ceremonia se celebró, aunque por supuesto no dio ningún
resultado. Sólo sirvió para que el rey enfermara, ante el disgusto que
le produjo ver el cuerpo de su primera esposa, que llevaba nueve años
muerta.
El
confesor real, fray Froilán Díaz y el inquisidor Rocaberti,
pertenecientes ambos al bando francés, llamaron a un famoso exorcista
asturiano, fray Antonio Álvarez Argüelles, para que preguntara al
demonio si el Rey estaba verdaderamente hechizado. Al parecer Lucifer
contestó que sí, y que los culpables eran la reina madre y algunos
políticos afines a ella, partidarios -por supuesto- todos del bando
austriaco; también les dijo que se había formulado el conjuro sobre el
Rey, cuando éste tenía 14 años. El exorcista determinó que, como
remedio, el rey tomase diariamente en ayunas un cuartillo de aceite
bendecido. El rey se sometió dócilmente a tal prescripción, que debió
ser un factor determinante en su rápido deterioro físico.
El
partido austriaco, que quedaba en bastante mala posición, se inquietó y
desde Viena enviaron al capuchino, fray Mauro de Tenda, para que a su
vez interrogara a los demonios que, esta vez, naturalmente hablaban
francés. El hechizamiento del rey supuso un escándalo en la corte
española, que además se convirtió en el hazmerreír de toda Europa.
Finalmente la reina Mariana de Neoburgo, que no salía bien parada en las
manifestaciones de los demonios, decidió poner fin a tanta superchería y
mandó encarcelar al confesor real y a Tenda, uno por cada bando, que
tuvieron que afrontar un proceso inquisitorial.