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Delfos,
la ciudad sagrada más famosa de la antigua Grecia, descansa a los pies
de los pronunciados riscos del monte Parnaso. Miles de personas acudían
desde sitios remotos para consultar el oráculo de Apolo, cuya pitonisa
entraba en trance para predecir el futuro. |
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La
travesía hasta Delfos, a 570 m sobre el nivel del mar, en las laderas
del sur del monte Parnaso, era ardua. Algunos viajeros recorrían a pie
el camino desde Atenas. Otros llegaban por barco hasta un puerto (hoy
llamado Itea) de la costa norte del Golfo de Corinto y cruzaban una
llanura hasta el monte Parnaso. Una vez allí, bordeaban la cuesta y
seguían el Sendero Sagrado hasta el templo de Apolo. En
el santuario, sentada en un trípode de oro sobre una profunda grieta,
la pitonisa -mujer de mediana edad, nativa de la localidad-
profería el oráculo entre los frenéticos e incoherentes gemidos del
estado de trance, inducido por la masticación de hojas de laurel o por
la inhalación de vapores volcánicos tóxicos procedentes de la grieta
abierta a sus pies.
Quienes
acudían a consulta debían purificarse antes en las aguas de la fuente
Castalia. Seguía luego un ritual que consistía en rociar una cabra con
agua fría; si el animal se estremecía, podía sacrificársele para
leer augurios en sus entrañas. El peregrino pagaba un óbolo y exponía
su pregunta, escrita en una tablilla, al sacerdote de turno, quien, a su
vez, la hacía llegar a la pitonisa. Su confusa réplica, emitida en voz
ajena, era interpretada por el sacerdote, quien daba la respuesta en
verso al suplicante. En el apogeo del oráculo eran necesarias tres
sacerdotisas para atender todas las solicitudes. El
oráculo délfico era consultado para cuestiones políticas,
particularmente el establecimiento de las colonias griegas, y para
asuntos cotidianos como matrimonio, fertilidad o problemas de dinero. En
ocasiones los anuncios eran directos; a Sócrates, por ejemplo, se le
dijo que era el hombre más sabio de Grecia. Sin embargo, muchas otras
respuestas eran sumamente ambiguas. Creso, rey de Lidia, preguntó
acerca de las consecuencias de un ataque a Persia. La críptica
respuesta fue que caería un gran imperio. El rey atacó Persia, pero el
imperio que resultó destruido fue el suyo. La
reputación de imparcialidad del oráculo comenzó a decaer en el siglo
V a.C., pues sus intérpretes se aliaban a ciudades‑Estado como
Esparta y Atenas. En el siglo n a.C., Roma extendió su dominio hasta
Delfos, y la influencia del oráculo se debilitó aún más. Cuando el
emperador Juliano consultó el oráculo en 360 d.C., obtuvo esta
respuesta: "Decidle al rey que el hermoso templo está en ruinas;
Apolo no tiene techo con qué cubrirse; las hojas de laurel callan y
fuentes y manantiales proféticos fenecen". El
oráculo de Delfos fue clausurado oficialmente por el emperador
cristiano Teodosio en 385 y el culto de Apolo sucumbió ante la nueva
religión. El lugar quedó sepultado bajo una ciudad. Sin embargo, la
urbe y sus habitantes fueron desplazados en 1892 para que el arqueólogo
francés Théophile Homolle pudiera emprender las excavaciones que
pusieron al descubierto las ruinas que pueden admirarse el día de hoy. |